Todas las cámaras se fabricaron para fotografiar la Plaza Roja

Julia Mensch 2018

Hace un año recibí un mensaje de correo de Julia Mensch contándome sobre un proyecto de exposición que tomaba como punto de partida el título de un libro de Rivera, La revolución es un sueño eterno. Ese correo fue una suerte de momento intermedio en una larga conversación que iniciamos hace tal vez dos o tres años, cuando Julia me mostró un ejemplar de su libro Salashi y yo mi Álbum de Moscú, una serie anotada de fotografías de esa ciudad. Hasta ahí, su viaje a una aldea ucraniana cerca de la frontera con Polonia y mi viaje a la capital de la ex-Unión Soviética no parecía ser mucho más que una coincidencia de grandes rasgos.

Lo cierto es que intuíamos otros puntos de contacto. Ese libro formaba parte de un proyecto que Julia inició en 2008, La vida en rojo, una investigación artística en la que explora la historia del comunismo en el siglo XX a través de la vida privada y política de su familia. Por mi parte, en 2016 yo regresaba a Rusia para participar de un encuentro internacional de la Escuela de Arte Comprometido de Chto Delat, convocado por la pregunta ¿por qué necesitamos actualizar el legado de la política soviética? Cuando ella me escribió, yo todavía estaba en busca de un diálogo propicio sobre esa experiencia.

En la conversación que entonces se estableció entre nosotras, la revolución de los soviets recobró su inquietante actualidad (o acaso “eternidad”) y su presente irresoluto. Intercambiamos párrafos autobiográficos y breves datos anotados al margen, vimos películas, leímos libros y revistas, además de discutir apasionadamente tantas otras cuestiones sobre las que este texto apenas hará referencia. Me involucré, como interlocutora, en La vida en rojo, el proyecto, y en particular lo abordé a través de dos de sus piezas, el video que le da nombre y otro, titulado La felicidad. Interpelé a Julia con la pregunta sobre qué es lo que nuestra mirada ante lo soviético produce en lo ex-soviético, y me pregunté a mí misma si a partir de sus investigaciones podría arriesgar algunas respuestas.

El texto que sigue es un resultado posible de meses de lectura y escritura en torno de La vida en rojo. A él subyace una ficción que (apelando esta vez al título de un libro de Liria Evangelista) nos representa a Julia y a mí como dos niñas soviéticas latinoamericanas (o como dos momentos de una misma niña) que llegaron a la Rusia contemporánea en busca de trazas de la revolución roja -aun cuando la propia Julia Mensch todavía no haya visitado ese país. Ellas conversan sobre un viaje deseante que produce ciertas ficcionalizaciones en el corazón del post-comunismo.

Vida política

La piecita de los nietos no es muy grande, tiene una cama, que a su vez trae incorporada una nutrida biblioteca, y es el escenario de un acontecimiento central en la educación política doméstica de las niñas. Allí se proyectan las diapositivas que las ponen en contacto por primera vez con el mundo socialista. Son los años ochenta y Julia y Paula, las nietas de Isabel y Rafael, viajan por ciudades soviéticas y alemanas sin irse de Buenos Aires, a través de las imágenes luz. La vida en rojo es el nombre para una autobiografía que expone algunas definiciones políticas del Partido Comunista Argentino socializadas en el entorno familiar, y en el mismo movimiento las revela como pregunta.

En la familia de Isabel y Rafael ser revolucionario es ser del Partido. Al crecer, las niñas soviéticas emprenden sus viajes de reconocimiento a ese mundo socialista: China, Alemania, Cuba. Julia emuló el trayecto del viaje de Rafael por la RDA en 1973, Paula reescribió en su adultez el viaje emprendido por Isabel a Cuba. En realidad, la reescritura de un viaje por el otro es un efecto estético de La vida en rojo, donde primero se muestra y lee una sentida carta enviada por Isabel a Rafael desde Santa Clara en 1961 y luego una postal enviada por Paula a Julia desde “una playa en la que veranean los cubanos” en 2013 (si bien en sentidos disímiles, ambas viajeras afirman que Cuba “revoluciona ideas y emociones”). Parecen gestos inevitables para esas nietas, pero también son los pasos decididos de quien quiere espantar un espectro.

“Nosotros creemos que hay muchos revolucionarios incluso entre la gente sin partidos” dice Fidel Castro en “Las manos frágiles”, la primera parte de la película Le fond de l’air est rouge. Hay evidentes matices entre el aire rojo de Marker, una revolución que desorganiza las formas de vida, y lo rojo de la vida con Isabel y Rafael, que representa una organización que rige valores familiares.

Si la identidad de la niña soviética latinoamericana se investiga en sus pliegues, puede hacer lugar para quienes crecimos “sin partidos”, como la niña neuquina que fui en los años noventa y que, por una serie de eventos que acaso la investigación de Julia Mensch ayude a explicar, terminó por cruzar la frontera de Finlandia con Rusia en auto un domingo de octubre de 2007. Ese trayecto terrestre fue el escenario de varias conversaciones sobre literatura, historia, religión y política con Aleksandr y Valentina, un matrimonio de inmigrantes rusos que se había radicado en Noruega a mediados de los noventa. Así, ante mi pregunta por el gobierno de Putin y la situación general en la Rusia contemporánea, la respuesta de Aleksandr fue que nadie en la familia estaba realmente interesado en política. Es una respuesta que todavía resuena en mí porque, ¿cómo se forjó ese vocabulario político de niña soviética? Sin dudas, llegué a Rusia con una expectativa configurada en la infancia, y hasta entonces no la había reconocido en su persistencia. ¿Qué buscaba allá?

Para responder, La vida en rojo es una herramienta preciosa. Tiene la capacidad de explicar(me) cómo detrás del viaje a Rusia había una sugestión política y literaria de orden doméstico, en la casa paterna, una educación política y civil en Neuquén durante los años noventa, una impresionante serie de definiciones maternales en respuesta a las preguntas ¿qué es el comunismo?, ¿qué pasó con la revolución? y ¿qué es la felicidad?

Con su pieza La felicidad, Julia Mensch deviene cámara subjetiva. Como si fuera un interrogatorio que se propone poner a prueba la coartada familiar, la artista-nieta primero registra las respuestas de Isabel y después las de Rafael. Ante “¿qué es el comunismo?”, tanto Isabel como Rafael coinciden en que el comunismo hace algo, trabaja para la liberación del hombre, desaparece la sociedad de clases. Las respuestas traen el recuerdo de la famosa frase soviética, rescatada recientemente por Arseny Zhilyaev en una instalación que presentó en Moscú, Время работает на коммунизм [vremia rabotaet na kommunizm], que significa “el tiempo trabaja para el comunismo”, aunque hay quienes han dicho “la historia trabaja para el comunismo”. Una y otro responden que comunismo es tanto el proceso para llegar a, como lo que está todavía más allá. En contraste, la revolución es, especialmente para Rafael, el evento que consuma e inicia dicho proceso: “La revolución logra la anulación de la explotación del hombre por el hombre”. También Isabel subraya que la revolución es el cambio radical: no hay capitalismo, no hay esclavitud. Finalmente, la niña soviética latinoamericana le pregunta a Isabel qué es la felicidad. Ella contesta que la felicidad es tener amigos y tener una familia, y agrega satisfecha: “¿qué más querés saber?”. En cambio, Rafael le contesta a su nieta que la felicidad es cuando desaparece la explotación del hombre por el hombre. Para Isabel la felicidad no es el comunismo, aunque sí parece impregnarse de una cierta idea de comunidad. Para Rafael la felicidad sí lo es, porque el comunismo es la desaparición de la lucha de clases.

Esta última respuesta reenvía a lo que Artemy Magun denomina la “Negatividad en el comunismo”, que fue el título de la charla que brindó durante la semana que duró la Escuela de Arte Comprometido de Chto Delat. Si bien la charla no se prolongó más de una hora y media, tiempo después di con un artículo de igual título, en el que se trabajan en extenso algunas de las ideas discutidas en el encuentro. Para el filósofo, el comunismo es revolucionario no en tanto forma social positiva que debe ser afirmada contra todas las otras, sino como una condición íntimamente ligada a la destrucción del status quo. En consecuencia, es una forma de politización que se describe por lo que en ella no hay, por lo que se desestabiliza: sociedad de clases, explotación del hombre por el hombre. Magun elude el sentido más convencional de comunismo como utopía futura, porque aborda la noción desde la perspectiva de la subjetivación política. Esa distinción analítica, por supuesto, está ausente en la respuesta de Rafael, donde no hay diferenciaciones entre el comunismo del pasado, el comunismo que todavía existe y el comunismo del futuro.

La vida en rojo bien podría comenzar cuando la voz de la nieta afirma que, al ingresar al partido a mediados del siglo XX, su abuelo rompió todo vínculo con el judaísmo. Esa afirmación se vuelve controvertible a medida que se van recortando, a lo largo de la pieza, las ideas de “tesoro” y de “tierra prometida”, las cuales se reactivan una y otra vez a partir de los viajes al mundo socialista. La revolución aparece envuelta por un tiempo mesiánico. De esa condición redentora vendría su cualidad de eterna.

No obstante, me inclino por no dejar que las metáforas nos confundan: lo eterno es el sueño, la tierra prometida, el paraíso revolucionario, pero el acto de vanguardia que constituye la revolución debería conservar su carácter histórico. Acaso investigarla nos inhibe de hacerla, nombrarla supone entrar en una encrucijada que nos impide experimentarla. Sin embargo, la revolución no es un espectro fuera de tiempo.

Pasé el año nuevo de 2013 en Rusia, como resultado de una invitación que recibí del poeta Pavel Arsenev. A pesar de que lo había conocido en un mitin político en San Petersburgo, donde me lo presentaron como referente de la organización estudiantil local alineada con Street University, él también contestó alguna de mis preguntas diciendo que no estaba interesado en la política en sí, sino en la politicidad contenida en la literatura y el arte experimental. Tal vez porque esa conversación fue mientras caminábamos cerca del monumento a Abai en Moscú (escenario del campamento Occupy Abai en mayo de 2012), porque lo que estábamos discutiendo era su colaboración con el movimiento socialista ruso Вперед [Vpered], o por esas y otras circunstancias sumadas, Pavel era la última persona de la que hubiera esperado escuchar que no le interesaba la política.

A veces, una respuesta es mucho más eficaz para comprender algo sobre la persona que hizo la pregunta antes que sobre la que contestó. Sospecho ahora de mí, en busca de definiciones políticas en Rusia, como quien viaja para tomar fotografías hasta entonces imaginarias. Como Isabel al visitar Cuba, o Rafael en la Unión Soviética, también parece que yo hubiera ido a buscar la forma cumplida de lo que en casa estaba incumplido. Todas las cámaras de fotos digitales han sido fabricadas para fotografiar la Plaza Roja, escribí sobre una imagen, y Julia Mensch redimensionó esa oración ante las diapositivas de Moscú tomadas por Rafael en 1973, proyectadas en la oscuridad de la piecita de los nietos.

Turismo radical

Ir de viaje y ver supone una labor propia, que acaso pueda explicarse con más precisión en la idea de que la máquina de fotos ha sido fabricada (por el trabajo de otras personas) para mirar cosas que todavía estamos buscando. Al levantar la cámara, mirar y disparar, se superponen operaciones actuales y presentes con otras que fueron realizadas años atrás, y con otras por venir. Por eso, cada acto de tomar fotos encierra en él la posibilidad de modificar la Plaza Roja.

Cuando Magun hablaba de la negatividad en el comunismo, parecía especialmente interesado en interpelar a su auditorio occidental comparando dos imágenes espejadas. La primera de ellas es la de las clases medias de la Rusia post-comunista, en dos notorias supervivencias de la era soviética: la comunalidad de la vivienda que obliga a las personas mantenerse más interdependientes y aglutinadas físicamente, y una serie de valores ultra-individualistas que, desde las últimas décadas del régimen, fueron el efecto no buscado del colectivismo de estado. Su espejo son las clases medias occidentales que viven atomizadas “por ley” y, en consecuencia, bregan por una solidaridad idealizada.

Lo más sugerente en ese juego de espejos es lo aparente que se vuelve la comunalidad para quien hoy viaja y fija la mirada en la Rusia roja o en el legado soviético. Las коммуналки [kommunalki] son departamentos estatales compartidos por varios núcleos familiares, formas de vida y vivienda que tenían un antecedente prerrevolucionario, luego institucionalizadas en los años de la Unión Soviética y existentes aún en la contemporaneidad. Otra de las profesoras de la Escuela de Arte Comprometido, la filósofa cyberfeminista Alla Mitrofanova, sostuvo en su clase que la idea de comuna opera en una brecha entre “individuo” y “sociedad”. Para ella, una revolución representa el radical estallido de las formas sociales conocidas (además de las políticas), lo cual conlleva una proliferación de datos que, por un tiempo, no logran organizarse en nuevos algoritmos. En la revolución rusa, esos datos fueron una multiplicidad de experiencias concretas que Mitrofanova ha estudiado a través de la historia de casas colectivas, matrimonios falsos, partidos políticos feministas y la conceptualización de la nueva vida cotidiana en los años veinte.

Ante la mirada de una niña soviética latinoamericana, reconocer las trazas de la comunalidad fue una de las principales respuestas a por qué recuperar el legado soviético. Porque ¿qué es ser revolucionaria? En Neuquén, la respuesta maternal no tenía que ver con el Partido Comunista Argentino: lo revolucionario era experimentar y sostener el poliamor, la androginia, democratizar las formas de conocer. Crecíamos en sociedades atomizadas por ley, o por los efectos de gobiernos de facto latinoamericanos, y el comunismo (para esas niñas) se volvía una especie de vector sobre el cual se orientaba lo que nuestro entorno de amistades y familias hacía o quería hacer. Se daba por sentado que en nuestra madurez trabajaríamos para unas relaciones humanas más comunistas, igualitarias o revolucionarias (que en el vocabulario de la infancia eran casi sinónimos).

Turismo radical es la expresión utilizada por Maria Gough (quien a su vez la toma prestada del ensayo de Hans Magnus Enzensberger “Turistas de la Revolución”) para interpretar el trabajo hecho por Sergei Tretiakov en sus comentados viajes al koljoz “El Faro Comunista” a fines de la década de 1920. En esas visitas a las granjas colectivas el poeta acuñó la noción de operativismo para referirse a su práctica, en la cual la máquina fotográfica trascendía el mero dispositivo de registro y se constituía en una herramienta de producción (de comunismo). Por eso, la técnica “operativista” conjugaba la cámara de fotos y el propio koljoz, donde la comunidad campesina todavía estaba en proceso de devenir granja colectivizada. Gough sostiene que la radicalidad de Tretiakov consistió en haber asumido un rol activo en la construcción de lo que en principio sólo había ido a reportar.

Es preciso, en este punto, establecer una necesaria distancia con las consecuencias estéticas y éticas que luego tendría el imperativo de representar la colectivización como debería verse (es decir, el realismo socialista), y no como efectivamente estaba tomando forma. Sin dudas, las investigaciones de Julia Mensch y el testimonio de Rafael tienen mucho que decir sobre ese desajuste. Sin embargo, resulta muy sugerente la idea futurista de que el evento revolucionario podría arrojarnos a un viaje donde esperamos ver lo que en realidad estamos construyendo (y lo sabemos).

La imagen de turismo radical se vuelve así adecuada a la descripción de los viajes de la niña soviética latinoamericana al mundo ex-soviético. Allí escuchará a artistas de izquierda decir que la experiencia de lo colectivo todavía es un trauma, y que prefieren imaginar que su práctica grupal es un conjunto de singularidades reunidas. En ese viaje ella exigirá ser escuchada, en sus protestas contra la invisibilidad de la dimensión política de la revolución; o cuando, ante cada lección sobre ritos funerarios, espacio urbano, museología o amor soviético vuelva a formular la pregunta por lo inapropiable. Esas preguntas, como la máquina de fotos, contienen un potencial comunista en el seno del post-comunismo.

La izquierda de la Argentina ante la revolución en Rusia

Durante los largos meses de nuestra conversación con Julia Mensch también fui acompañada por la lectura del profuso trabajo de investigación de Roberto Pittaluga, Soviets en Buenos Aires. Los soviets del título son, para el autor, una inquietud en la que se cruzan lo falso, lo ficticio y lo verdadero. Son una clave de inteligibilidad para pensar la izquierda vernácula. Son el nombre para un movimiento de subjetivación política ante la verdad de la revolución. Como se sugiere a lo largo del libro, el comunismo bien podría explicarse como la conversión de “los obreros” en una comunidad política.

Es irónico saber que, a la inversa, Rafael Mensch fue primero un joven militante político que luego se convirtió en obrero, con la convicción de que este último era el sujeto revolucionario por excelencia. Un revolucionario sin revolución, como Andrés Rivera le hace decir a Juan José Castelli. Lo significativo de La vida en rojo es su capacidad para hacer inteligibles a figuras de la izquierda como Isabel y Rafael, quienes han operado la construcción de niñas soviéticas ficticias. Para ellas, la revolución en Rusia y el comunismo, como las diapositivas en la oscuridad de la habitación, no cesan de parpadear ante la mirada.

Ana Sol Alderete, enero 2018

REFERENCIAS (ordenadas según aparecen mencionadas)
Andrés Rivera, La revolución es un sueño eterno, Buenos Aires, Booklet, 2012 (2005).
Julia Mensch, Caлaшi – Salashi, Kosice, Kosice European Capital of Culture, 2013.
Ana Sol Alderete, El álbum de Moscú, Córdoba, 2014
Escuela de Arte Comprometido de Chto Delat (chtodelat.org).
Liria Evangelista, Niña soviética, Córdoba, Borde Perdido, 2013.
Julia Mensch, El viaje de Rafael, instalación realizada en Berlín, Dresden, Leipzig, 2009
Chris Marker, Le fond de l’air est rouge, 1977-1993.
Artemy Magun, “Negativity in communism: Ontology and Politics” en Russian sociological review, vol. 13, N°1, 2014, pp 9-25
Maria Gough, “Radical Tourism: Sergei Tret’iakov at the Communist Lighthouse” en October N°118, otoño 2006, pp 159-178.
Roberto Pittaluga, Soviets en Buenos Aires. La izquierda de la Argentina ante la revolución en Rusia, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2015.

Texto publicado en el marco de la exposición “La vida en rojo” de Julia Mensch en el EAC Espacio de Arte Contemporáneo, Temporada 29, Sala 1, del 9 de marzo al 27 de mayo de 2018.

 

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